Sobre este blog

Ciencia Crítica pretende ser una plataforma para revisar y analizar la Ciencia, su propio funcionamiento, las circunstancias que la hacen posible, la interfaz con la sociedad y los temas históricos o actuales que le plantean desafíos. Escribimos aquí Fernando Valladares, Raquel Pérez Gómez, Joaquín Hortal, Adrián Escudero, Miguel Ángel Rodríguez-Gironés, Luis Santamaría, y Silvia Pérez Espona

Las revolucionarias y seguras vacunas de ARN

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Nunca antes en la historia de la ciencia se han desarrollado simultáneamente tantas vacunas diferentes contra el mismo patógeno como ante al SARS-CoV-2. Hasta el momento son unos 120 prototipos, desde una diversidad de enfoques y estrategias enorme. Es probablemente esto lo que ha propiciado el desarrollo de un nuevo tipo de vacunas, las de ARN mensajero (ARNm), que han llevado a cabo en paralelo dos compañías: Pfizer y Moderna. Una vacuna es un medicamento cuya acción consiste en enseñar al organismo una muestra procedente del virus o bacteria contra el que queremos defendernos (llamada antígeno), lo cual provoca una respuesta del sistema inmune de forma que pueda reconocer al patógeno en caso de una infección activa y eliminarlo o, al menos, atenuar el avance de la enfermedad o generando sólo una patología leve. Las vacunas clásicas consisten en la inyección de un patógeno (virus o bacteria) debilitado, atenuado o inactivado, esto es, incapaz de infectar o sin capacidad para provocar una infección severa. La vacuna más antigua que existe fue desarrollada por un proceso llamado variolización, para la prevención de la viruela. Este proceso consistía en recolectar costras de enfermos, u otros restos de una viruela en curso, y administrar pequeñas cantidades de forma subcutánea a un sujeto sano que no hubiera padecido la enfermedad. Esto provocaba la reacción del sistema inmune contra esos agentes que se identificaban como ajenos al organismo y la generación de defensas específicas contra ellos. Pese a que este método no estaba exento de riesgos, sentó las bases de lo que más tarde sería el desarrollo de las vacunas modernas.

Dentro de las vacunas de virus debilitados o atenuados encontramos la del sarampión, las paperas y la rubéola. Entre las "vacunas muertas" (con el patógeno inactivado), que se hacen con fragmentos tomados de un virus o bacteria, se encuentra, por ejemplo, la de la tos ferina. En cuanto a las vacunas contra la gripe las hay de ambos tipos. En las vacunas sintéticas se genera de forma artificial una proteína del agente infeccioso; es lo que ocurre con la de la hepatitis B. Algunas bacterias actúan contra el organismo produciendo toxinas, como ocurre con el tétanos o la difteria. En ese caso podemos enseñar al organismo a reconocer dichas toxinas en forma atenuada (toxoides). Si bien estas vacunas no entrenan al organismo para eliminar al patógeno, impiden la acción dañina de sus toxinas y, por tanto, el desarrollo de la enfermedad.

En los últimos años se ha ensayado un nuevo concepto de vacuna, las vacunas de ARN mensajero (ARNm), moléculas que contienen la información necesaria para traducirse a proteínas. Se ha tratado de desarrollar una vacuna de este tipo contra virus como el del sida (VIH) o el del herpes simple, aunque no han funcionado todavía. Las vacunas de ARNm se están ensayando también contra la gripe, con buenas perspectivas, pero su desarrollo está siendo relativamente lento. Incluso se está intentando desarrollar un sistema similar para inducir al sistema inmune a destruir específicamente células tumorales en pacientes con cáncer. Sin embargo, ninguno de los intentos previos de usar vacunas ARNm ha tenido un éxito tan aplastante como, en principio, sí está teniendo y parece que va a tener este tipo de vacunas en la lucha contra el coronavirus. Si bien hay virus contra los que fue relativamente sencillo desarrollar vacunas, como en el caso de las paperas o el sarampión, hay otros virus que se resisten, como en el del VIH. Con el coronavirus, la situación es bastante favorable para la generación de una vacuna eficaz. Además, hay virus que son tan variables que requieren cambiar de vacuna cada año, como es el conocido caso de la gripe. Y parece que también hemos tenido suerte en esto, ya que el SARS-CoV-2 parece no mutar demasiado. Lo que está claro es que la urgencia global por desarrollar un remedio contra la Covid-19 ha proporcionado los niveles de inversión necesarios para alcanzar, en tiempo récord, unos avances que eran muy prometedores pero requerían un potente desarrollo científico y tecnológico.

23 de septiembre de 2020

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