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OPINIÓN | Estado de sindiós, por Elisa Beni

Sobre este blog

Ciencia Crítica pretende ser una plataforma para revisar y analizar la Ciencia, su propio funcionamiento, las circunstancias que la hacen posible, la interfaz con la sociedad y los temas históricos o actuales que le plantean desafíos. Escribimos aquí Fernando Valladares, Raquel Pérez Gómez, Joaquín Hortal, Adrián Escudero, Miguel Ángel Rodríguez-Gironés, Luis Santamaría, y Silvia Pérez Espona

Mascarillas y vacunas, o cómo los gorrones desbaratan los logros colectivos

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Sumergidos como estamos en una sociedad de consumo, tendemos a asumir que nuestras vidas dependen fundamentalmente de bienes privados regulados por mecanismos de mercado. Sin embargo, una parte imprescindible de nuestro bienestar depende de nuestro acceso a bienes públicos y recursos comunes. Estos últimos incluyen la mayoría de los recursos naturales, como los hidrológicos (agua potable, saneamiento, irrigación, navegación), el aire que respiramos (y que, contaminado, nos hace enfermar), los bosques, la caza, la pesca o los pastizales (para ganadería). Pero también recursos no naturales e igualmente importantes como los recursos públicos proporcionados por el estado (carreteras, calles, alumbrado, grandes infraestructuras). Se encuentran en esta categoría incluso sistemas de desarrollo reciente como los programas de código abierto (open source) y los protocolos de confianza (blockchain) que respaldan las criptomonedas.

Un recurso común que nos preocupa muy especialmente en estos meses de pandemia es el de la salud pública, que resulta del esfuerzo colectivo por proteger, promover y recuperar la salud de las personas, y depende de la contribución solidaria de todos los ciudadanos. Este recurso es susceptible a fenómenos de escasez (el uso de recursos preventivos o asistenciales por parte de un individuo puede disminuir la utilización por parte de otro) y a procesos de cercamiento (privatización de recursos comunes para la extracción de beneficios por unos pocos).

Los recursos comunes se consideraban abocados a la sobreexplotación debido a la llamada 'tragedia de los comunes'. Se trata de un argumento simplificado, en forma de dilema, descrito por Garrett Hardin en 1968 a partir de un escenario descrito por el matemático William Forster Lloyd (1794-1852), en el que individuos racionales actuando por separado sobreexplotan un recurso común y terminan por destruirlo – aunque a ninguno de ellos, ni individual ni colectivamente, les convenga que tal destrucción suceda. Un término más correcto sería la 'tragedia de los comunes desregulados', ya que el proceso que desemboca en la sobreexplotación tiene lugar debido a un exceso de derechos de uso (o a la ausencia de derechos de exclusión). Hardin presenta este dilema a través de un ejemplo tan simplificado, que supone más una metáfora que un caso real: en un pastizal  de uso compartido para alimentar a un número determinado de animales, al estilo de las dehesas boyales de los pueblos del centro de España, al término de las rotaciones queda suficiente pasto no consumido como para pensar que se podría alimentar aún a más animales. Aunque llevar rebaños más grandes incrementa el beneficio individual del pastor que decida hacerlo, también aumenta el riesgo de sobrepasar la capacidad productiva del pasto. Si algunos pastores abusan de este recurso atendiendo a su beneficio individual, llega un momento en que la capacidad de carga del pastizal es sobrepasada, el recurso se agota, cae la productividad del ganado y éste puede llegar a morir, causando un tremendo perjuicio para todo el colectivo.

23 de septiembre de 2020

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